SEPARACIÓN CIVILIZADA

Cuando se acercó a mí vi que le temblaban los labios y cuando la abracé se puso a llorar. Tenía tan sólo diez años, habíamos tenido pocas entrevistas pero aquella mirada me había enganchado desde la primera vez que la vi. Era una niña superdotada, hija de padres separados... hasta hace unos meses vivía con su madre, que estaba en una profunda depresión porque acababa de terminar con su última relación. Estaba tan mal, que se pasaba los días metida en la cama, y ella y su hermana mayor tenían que arreglárselas como pudieran hasta que el padre tomó cartas en el asunto y se las llevó.
            María trataba por todos los medios de disculpar a su madre, cuando le preguntaban y sabían que no había comido, que había faltado a clase porque la madre no la levantó, o que llegaba continuamente tarde hasta que la expulsaron tres días por faltas injustificadas. María no sabía lo que era depresión, solo se sentía muy sola, pero nunca confesaría que uno de los dos tenía la culpa o que ella se sentía mal, todo tenía que ser muy normal, a ella no le pasaba nada, era simplemente una hija más de unos padres divorciados.
            El padre había abandonado a su mujer y sus hijas por otra compañera con la que ahora estaba casado y tenía un precioso varón...  María que siempre había estudiado bien, empezó a fracasar en los estudios y  por otra parte su padre se quejaba de que siempre estaba descontenta, que buscaba continuamente llamar la atención. El trauma que toda separación lleva consigo, incluso las llamadas “ civilizadas”, era más fuerte para María porque ella no había visto nunca peleas importantes, su padre y su madre parecían un matrimonio normal, como tantos otros.
 Siempre estaban juntos y no esperaban que un día la rutina acabara haciendo que su padre encontrara otra persona con la que reemprendió una nueva vida... una vida que dejaba atrás dos niñas y una mujer que no supo superar la pérdida, el fracaso, ni siquiera pudo seguir cuidando a sus hijas...  y eso que al principio había aceptado el final resignada y con la mayor dignidad posible... decía que todos lo habían tomado muy bien... simplemente se había acabado el amor. Se lo explicaron a las dos niñas, los dos juntos, les dijeron que papá y mamá ya no se querían pero que eso no tenía nada que ver con ellas, que seguirían             queriéndolas como siempre...  pero nadie creyó en aquel momento que sus vidas iban a cambiar tanto...
Enseguida papá les presentó a su nueva novia, y mamá encontró un compañero...  y María no dejaba de preguntarse si ella no sería la culpable por hacer que mamá durmiera con ella cuando tenía miedo... quizás las riñas cuando no obedecían habían hecho que papá se quisiera ir..... sus padres seguían insistiendo en que las niñas estaban bien porque ellos lo habían llevado sin tragedias ni traumas...  dos años después apareció María, con síntomas extraños, que el  padre achacaba al nacimiento del nuevo hermanito, pero que no les daba demasiada importancia...  Tampoco le pareció preocupante que las niñas tuvieran que adaptarse a las dos personas que convivían con sus padres, ni a que cuando la madre volvió a estar sola, cayera en una profunda depresión que hizo que abandonara el cuidado de sus hijas, y como consecuencia que el padre las llevara a vivir con él, su nueva mujer y su hijo...  todo eso era “ normal”... por eso María se abrazó a mí con fuerza y me dijo, “no sé lo que me pasa, pero por las tardes cuando el sol se está yendo, me entra una cosa rara en el estómago,  me pongo triste y me echo a llorar......


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