ADOLESCENTE

Un día descubrió un grano... no le dio mucha importancia, será una picadura, una alergia, pensó... él seguía siendo “su niño”: dulce, cariñoso, para quien ella era el centro del mundo... Pero los granos siguieron poblando su frente y su voz comenzó a tener sospechosos altibajos... pero aún así se resistía, “habrá cogido frío, dichosa ronquera”... En fin, todo fue desgraciadamente claro, cuando él comenzó a no darle un beso de despedida, cuando se acabaron las mañanas de los domingos en la cama, cuando no la saludaba por la calle si iba con sus amigos... Descubrió que él, que nunca le había importado su físico, se pasaba horas frente al espejo, escogía minuciosamente lo que se iba a poner y ¡hasta se echaba colonia! El día que oyó una voz femenina preguntando por él, al otro lado del teléfono, se bloqueó... y a partir de ahí todo fue vertiginosamente rápido... las malas contestaciones, el mutismo total en la comida, la cara de asco, la música a tantos decibelios, que a su lado la “Semana Negra” parecía el hilo musical de una consulta... y siguieron las interminables llamadas de teléfono, las peleas por la hora de llegada (“todos salen hasta...”), la obsesión por la moto, el olor a tabaco... Su vida se convirtió en una pesadilla. Cada día trataba de encontrar en “aquella cosa alta, desgarbada, llena de granos, de nariz y pies grandes, algo de lo que era “su niño”... pero nada... Llegó al extremo de llevar al “niño” al psicólogo porque “este no es mi hijo” ¿tomará drogas, será el inicio de una enfermedad mental?... Pero lo desesperante fue lo que hizo la psicóloga... Le dio la vuelta a un marco con tres adorables niños en la playa... luego le dijo muy calmada: Ahora son dos adolescentes y el pequeño está entrando... A mí me quedan unos cinco años. Señora, tiene usted suerte... a usted sólo le quedan tres... ¡qué le sea leve!


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