CUÉNTAME


Son tantos recuerdos... es mi infancia, mi juventud, reflejada por esa serie a la que como me ha pasado tantas otras veces, me he enganchado tarde. Y lo siento. Siento no haber disfrutado como hago ahora cada jueves, con una mezcla de añoranza, ternura y sonrisa, de tantos y tantos momentos tan lejanos en el tiempo, pero tan cercanos en el corazón. A mi generación, a la de ta y tantos, no se nos olvidan las primeras lavadoras automáticas,   ( yo era pero que muy muy pequeña, conste) pero estoy viendo a las mujeres de mi casa con una tabla en la que lavaban y una rudimentaria secadora que consistía en unos rodillos que con una manivela escurrían la ropa... y  cómo no recordar la llegada de la televisión, la que hoy es por desgracia el centro de nuestras familias,   cuando hasta entonces nos apiñábamos por las tardes alrededor  de una radio de las pequeñas y modernas ““portátil”, cubiertas de unas fundas de cuero, para oír entusiasmados “Matilde, perico y Periquín”... Más tarde en otra radio, en mis años universitarios  y como  telón de fondo,   oía la voz inconfundible de la precursora de los consultorios psicológicos: Elena Francis que con una música que se me ha quedado para siempre en la cabeza, empezaba siempre con un “ querida amiga”, que luego continuaba en una serie de consejos, que en ocasiones, les puedo jurar, podían ser hasta feministas, y otras  absolutamente “carcas”... Años más tarde nos enteramos de que la tal Elena no existía, que  eran  un grupo de asesores,   para colmo, muchos de ellos hombres, convirtiéndose por tanto en uno de los primeros productos de marketing realmente eficaces de la época.  Recuerdos de una España que cada español veía diferente, como retrata magníficamente su director el asturiano Tito Fernández,  algunos oprimida y callada, como lo ve el universitario,  otros avanzando hacia el progreso, con una bonanza que se traducía en el seiscientos, la tele y el piso, como piensa la abuela materna. La asturianeidad de su director se traduce en muchos detalles, con los que reconozco, me sale la vena autonómica: como el sereno asturiano (   lo que por cierto era muy típico), o el cartel de “ hay sidra “ del bar de la serie en el que se reúnen personajes de la época,   maravillosamente retratados por el guión:  El cura progre, el amigo juerguista, el quiosquero... El quiosquero era también importante en  nuestras vidas, como en la de Carlitos, y a el (en mi caso era ella) acudíamos como a una amiga, a comprar caramelos de leche de burra, y a recoger los tebeos que llegaban el jueves... ( como olvidarme del Jabato, del Capitán trueno...  Mi marido y todos mis amigos  se ven absolutamente reflejados en los juegos y en la vida de Carlitos y sus amigos y con él recuerdan las canicas, los primeros coches teledirigidos, las  eternas postillas en las rodillas,  siempre al descubierto por aquellos pantalones tan cortos... ¡ como olvidar la caja de los gusanos de seda, si era un verdadero tesoro! Nuestra riqueza de entonces, “ el trapicheo” se hacía con mercancía, pero de la buena, de la maravillosa... los gusanos por los cromos, la canica especial por el ciclista que me falta... La vida se hacía en la calle, con los amigos... y todos los padres sin excepción les reprochan a sus hijos cuando ven la serie juntos... “¡ ves, sin videoconsola, sin ordenador! Nosotros sí que sabíamos jugar, aquello si eran buenos tiempos... y los niños de hoy, de la era de Internet, “ flipan” de imaginarse un mundo sin tecnología... ¡ como se puede vivir sin chatear! 
Algunas, muchas cosas, han cambiado. Otras no tanto. Sigue habiendo  “pelotazos” como el de la construcción del jefe del Señor Alcántara. Los hemos tenido muy recientemente en la historia de España. Los trepas, los pelotas, los aprovechados  los “ Don José” siguen existiendo exactamente igual que hace cuarenta años.  Las abuelas siguen diciendo lo mismo “ le hemos dado mucha cuerda  a esta chica, como está la juventud” y sigue habiendo buenos y malos... Después del capítulo del jueves no podía dormir, así que me fui al salón a tomar un vaso de leche con miel ( que es un maravilloso somnífero natural), y claro puse la tele. Eran las 2 y cuarto de la mañana. En la pantalla aparecieron una serie de personajes entre los que se encontraba mi ex admirado Javier Sardá haciendo una sarta de payasadas y ordinarieces, todas juntas... Me fui con un regusto amargo. Al meterme en la cama, un poco triste al pasar del recuerdo a la “ cruda realidad de crónicas”, sucedió... ellos los Alcántara aparecieron en mi mente, en la duermevela, y entre todos fueron echando al esperpéntico  Javier Sardá... al fondo había una mujer mayor, sentada en su sillón. La reconocí por un gesto y quizás porque sus ojos seguían conservando sus ganas de vivir... era yo misma. A mi lado una niña, me cogía la mano, con unos grandes ojos expectantes... ella me habló y todo empezó a desvanecerse dulcemente, mientras sus palabras como una esperanzada nana, resonaban en mis oídos: Abuela... Cuéntame.

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